Hace algunos meses estuve en la feria chilena del libro y compré el libro de Psicopatología y Semiología Psiquiátrica de Ricardo Capponi M. (ver libro). Leyéndolo, me acordé de mi periodo como estudiante de psicología, y mis lecturas de Alfonso Mazzarelli Z.
Retomé un texto clásico (Lecciones de Psicología Anormal y Patológica) que tengo subrayado obsesivamente. Hoy quiero profundizar en los delirios y su utilidad fundamental en la atención clínica.
¿Qué son los delirios?
Según Mazzarelli, citando a Roa, los delirios son "convicciones disparatadas que sorprenden e influyen decisivamente, concordante o discordantemente sobre la conducta". El delirio se desplaza de la existencia hacia lo abstracto, hacia el análisis y el afán de conocer las causas de las cosas; en suma, hacia una forma particular de racionalidad.
Además del significado anormal, existe una certeza subjetiva incomparable que produce que sea imposible convencer al paciente de lo absurdo del contenido. De esta característica se desprende que no pueden ser influenciables por la experiencia.
Clasificación según etiología y comprensibilidad
Atendiendo a la etiología y comprensibilidad psicológica de los delirios, estos se pueden clasificar fundamentalmente en dos grandes grupos:
1. Vivencias delirantes primarias
Surgen en personas con claridad de conciencia, sin una causa aparente que las explique psicológicamente, por lo tanto, resultan "incomprensibles" para el observador. El primer sector de la personalidad que se invade suele ser la afectividad, dando origen al Humor Delirante o trema (según Klaus Conrad).
Para saber más sobre este estado afectivo previo al delirio, característico de las esquizofrenias, puedes revisar este término (Humor Delirante).
2. Fenómenos deliroides o delirios secundarios
Al igual que los anteriores, ocurren con lucidez de conciencia, pero derivan de un estado afectivo y permanecen ligados, de manera comprensible, a la trama histórica de la vida del paciente.
Según Mazzarelli (en Lecciones de Psicopatología), estos se dan preferentemente en paranoias, toxicomanías y depresiones endógenas.
La importancia del diagnóstico diferencial: Un caso clínico
Es fundamental tener clara esta distinción cuando atendemos pacientes. Me gustaría compartir una experiencia clínica personal para ilustrarlo.
Un día, atendiendo en consulta, llega una paciente de 56 años quien tenía una nieta recién nacida. Ya casi terminando el examen mental, le digo a la paciente, como habitualmente lo hago:
"¿Hay algo que te gustaría comentar de lo que hemos hablado, o consideras que hay algo que yo deba saber y que no haya surgido en las preguntas?"
Ella me dice: "Mi nieta... no puedo parar de pensar en hacerle daño. Mañana tengo que cuidarla y nos quedaremos solas, por eso estoy aquí".
Delirio vs. Obsesión
Aquí es donde la semiología se vuelve vital. La paciente entendía lo disparatado de sus pensamientos y era muy susceptible a mis palabras tranquilizadoras. No había esa "certeza subjetiva incomparable" e inmodificable del delirio.
Descarté un proceso delirante y profundicé en la línea de un pensamiento obsesivo. Estos se mantienen como pensamientos profundamente incómodos, inadecuados (egodistónicos) y resistentes al control voluntario, sin embargo, rara vez pasan al acto, a diferencia de lo que la paciente temía.
Esta distinción no es solo teórica; define el tratamiento, el pronóstico y, sobre todo, permite calmar a una paciente que sufre por el temor a sus propios pensamientos.
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